FERNANDO ESTEVE MORA
A estas alturas de 2026 ya no sé cuántas veces he deseado y me han deseado un feliz año. Al margen de la intensidad con la que se formula ese deseo, elevada entre amigos y familiares y más tibia conforme la relación entre quienes se cruzan tales parabienes es meramente formal, de conveniencia o o circunstancial, sí que estoy seguro que ese intercambio de deseos de felicidad es sincero. A fin de cuentas los que componemos eso que llamamos "la gente" no solemos ser enemigos los unos de los otros por lo que desear a otros no felicidad sino desgracias y malestares es un "privilegio" del que solo "disfrutan" los privilegiados, o sea, aquellos que por su poder político, económico, social o ideológico son siempre el objeto del odio de una buena parte de sus conciudadanos y más en sociedades tan polarizadas como la nuestra. La infelicidad que tantísimos desean a Pedro Sánchez, y de ello se puede estar completamente seguros, encuentra su adecuado y quizás justo correlato en la deseada por otros tantos a Abascal, Feijoo o Ayuso, por poner un ejemplo. Y no sólo esos malos deseos afectan a políticos sino que, es obvio, no se escapan de esa suerte de ley kármica ricos y famosos. Y es que conforme más lo sean más pueden estar ciertos de que, fuera de su círculo más cercano, habrá algunos, ya sean pocos o muchos, que les desean a ellos y hasta a sus familiares lo peor de lo peor. Gajes del oficio de poderoso podríamos decir o, dicho como les gusta a los economistas, consecuencia del hecho de que nada es gratis.
Pero entre el común de las gentes, como ya he dicho, eso -el desear a otro males e infelicidad- no suele pasar. Sencillamente ocurre que es lo normal el que los que no tenemos poder nos pongamos en el lugar de los otros que tampoco lo tienen, que para eso están las llamadas neuronas espejo en nuestros cerebros, y al hacerlo, al experimentar vicaria y anticipadamente el sufrimiento e infelicidad ajenos como propios, no querramos que eso suceda y les deseemos en consecuencia a esos otros tan semejantes a nosotros mismos que no lo padezcan, que sean felices.
¿Tiene eso sentido económico? ¿Tiene sentido económico que nos deseemos mutuamente el ser felices? Es esta una cuestión que, que yo sepa, muy pocos economistas se han planteado de modo directo. Pero sí que otros, no economistas, lo han hecho llegando mayoritariamente a la conclusión de que una sociedad en que sus gentes fueran felices era incompatible con la buena marcha de una economía de mercado capitalista.
Son de salida dos las razones por las que una persona puede ser infeliz por razones económicas. La primera es por necesidad, por incapacidad para satisfacer con los recursos a su disposición las necesidades biológicas y sociales que él y su gente experimentan. La segunda es por envidia asociada a la existencia de unos niveles de desigualdad elevados y tenidos por injustos.
Pero, y aquí viene lo importante, esa infelicidad asociada a la economía es un claro motor económico. Como lo decía Josep Pla, un certero observador de la realidad social y de la naturaleza humana, en una de sus Notas Dispersas respecto a la envidia, "el hombre es un animal envidioso -y es natural que lo sea, dado que la envidia es un ingrediente importante en la conservación de la especie, un elemento que refuerza el amor propio y el egoísmo- . La envidia ayuda a vivir, hace marchar el comercio, impulsa a la gente a madrugar. El hombre es tan poca cosa, tan irrisoriamente débil, que si no fuera envidioso sería como una pasiva bestezuela".
Y, en cuanto a la otra causa de de infelicidad asociada a la economía, el reconocimiento de que es necesaria para la buena "marcha del comercio y la economía" se puede fechar, en opinión de Jeremy Rifkin en su libro El fin del trabajo, en 1929 con la declaración por parte de Charles Kettering (directivo de General Motors) de que "la clave para la prosperidad económica consiste en la creación organizada de un sentimiento de insatisfacción", o sea que en el moderno sistema de producción industrial, la publicidad como industria de creación de de infelicidad era la clave de la economía. Una idea, ésa de la creación de necesidades y por tanto de infelicidad, que más adelante, en los años 50 del siglo pasado, sería objeto de estudio por parte de autores como John Kenneth Galbraith, Herbert Marcuse o Vance Packard abriendo así el paso a la crítica de la sociedad de consumo que estuvo "de moda" en los años 60 y 70, y que hoy incomprensiblemente ha desaparecido (con la muy honrosa excepción del sociólogo Zygmunt Bauman).
Pero la consecuencia de todo lo anterior es clara, y es que si por "arte de magia" nuestros mutuos deseos de felicidad para este año se cumpliesen. O sea, si este año se hiciesen realidad y fuésemos felices, entonces lo que pasaría es que ya no habría motivo para la envidia pues la desigualdad de habría atenuado lo suficiente ni nadie ya tendría miedo de no tener los recursos adecuados para poder atender a sus necesidades ni a sus obligaciones para asegurar la "conservación de la especie". Y, entonces, ¿qué pasaría? ¿qué pasaría si fuésemos felices? Pues, parece obvio que lo que pasaría es que la marcha del comercio se ralentizaría, la economía se iría poco a poco estancando para respiro de la Madre Tierra y nos convertiríamos en "pasivas -aunque felices- bestezuelas", por usar las palabras de Pla. Es eso lo que predijo Keynes que pasaría en tiempos de sus nietos en aquella conferencia que dio en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1933 que luego apareció como el artículo más extraño que se puede esperar en un economista titulado Las posibilidades económicas de nuestros nietos, que abogaba por el esperado y deseado final del problema económico, o sea, la insuficiencia de recursos y medios, y con él el final de la envidia, la avaricia, el desenfrenado amor por el dinero...y también, en consecuencia, de la Economía en sí si se la entiende como el estudio de la mejor manera de resolver ese "problema económico" que quedaría reducida a una técnica similar a lo que era la Odontología en sus tiempos.
Así que ¡tenga cuidado el lector con lo que desea! pues desear la felicidad, así para todos, como lo hacemos estos días, implica desear el final de la economía de mercado capitalista. ¿Lo había pensado? ...Y, a menos que sea un radical, ¡cuidado con lo que se va deseando por ahí, no sea que los deseos se hagan realidad!
A estas alturas de 2026 ya no sé cuántas veces he deseado y me han deseado un feliz año. Al margen de la intensidad con la que se formula ese deseo, elevada entre amigos y familiares y más tibia conforme la relación entre quienes se cruzan tales parabienes es meramente formal, de conveniencia o o circunstancial, sí que estoy seguro que ese intercambio de deseos de felicidad es sincero. A fin de cuentas los que componemos eso que llamamos "la gente" no solemos ser enemigos los unos de los otros por lo que desear a otros no felicidad sino desgracias y malestares es un "privilegio" del que solo "disfrutan" los privilegiados, o sea, aquellos que por su poder político, económico, social o ideológico son siempre el objeto del odio de una buena parte de sus conciudadanos y más en sociedades tan polarizadas como la nuestra. La infelicidad que tantísimos desean a Pedro Sánchez, y de ello se puede estar completamente seguros, encuentra su adecuado y quizás justo correlato en la deseada por otros tantos a Abascal, Feijoo o Ayuso, por poner un ejemplo. Y no sólo esos malos deseos afectan a políticos sino que, es obvio, no se escapan de esa suerte de ley kármica ricos y famosos. Y es que conforme más lo sean más pueden estar ciertos de que, fuera de su círculo más cercano, habrá algunos, ya sean pocos o muchos, que les desean a ellos y hasta a sus familiares lo peor de lo peor. Gajes del oficio de poderoso podríamos decir o, dicho como les gusta a los economistas, consecuencia del hecho de que nada es gratis.
Pero entre el común de las gentes, como ya he dicho, eso -el desear a otro males e infelicidad- no suele pasar. Sencillamente ocurre que es lo normal el que los que no tenemos poder nos pongamos en el lugar de los otros que tampoco lo tienen, que para eso están las llamadas neuronas espejo en nuestros cerebros, y al hacerlo, al experimentar vicaria y anticipadamente el sufrimiento e infelicidad ajenos como propios, no querramos que eso suceda y les deseemos en consecuencia a esos otros tan semejantes a nosotros mismos que no lo padezcan, que sean felices.
¿Tiene eso sentido económico? ¿Tiene sentido económico que nos deseemos mutuamente el ser felices? Es esta una cuestión que, que yo sepa, muy pocos economistas se han planteado de modo directo. Pero sí que otros, no economistas, lo han hecho llegando mayoritariamente a la conclusión de que una sociedad en que sus gentes fueran felices era incompatible con la buena marcha de una economía de mercado capitalista.
Son de salida dos las razones por las que una persona puede ser infeliz por razones económicas. La primera es por necesidad, por incapacidad para satisfacer con los recursos a su disposición las necesidades biológicas y sociales que él y su gente experimentan. La segunda es por envidia asociada a la existencia de unos niveles de desigualdad elevados y tenidos por injustos.
Pero, y aquí viene lo importante, esa infelicidad asociada a la economía es un claro motor económico. Como lo decía Josep Pla, un certero observador de la realidad social y de la naturaleza humana, en una de sus Notas Dispersas respecto a la envidia, "el hombre es un animal envidioso -y es natural que lo sea, dado que la envidia es un ingrediente importante en la conservación de la especie, un elemento que refuerza el amor propio y el egoísmo- . La envidia ayuda a vivir, hace marchar el comercio, impulsa a la gente a madrugar. El hombre es tan poca cosa, tan irrisoriamente débil, que si no fuera envidioso sería como una pasiva bestezuela".
Y, en cuanto a la otra causa de de infelicidad asociada a la economía, el reconocimiento de que es necesaria para la buena "marcha del comercio y la economía" se puede fechar, en opinión de Jeremy Rifkin en su libro El fin del trabajo, en 1929 con la declaración por parte de Charles Kettering (directivo de General Motors) de que "la clave para la prosperidad económica consiste en la creación organizada de un sentimiento de insatisfacción", o sea que en el moderno sistema de producción industrial, la publicidad como industria de creación de de infelicidad era la clave de la economía. Una idea, ésa de la creación de necesidades y por tanto de infelicidad, que más adelante, en los años 50 del siglo pasado, sería objeto de estudio por parte de autores como John Kenneth Galbraith, Herbert Marcuse o Vance Packard abriendo así el paso a la crítica de la sociedad de consumo que estuvo "de moda" en los años 60 y 70, y que hoy incomprensiblemente ha desaparecido (con la muy honrosa excepción del sociólogo Zygmunt Bauman).
Pero la consecuencia de todo lo anterior es clara, y es que si por "arte de magia" nuestros mutuos deseos de felicidad para este año se cumpliesen. O sea, si este año se hiciesen realidad y fuésemos felices, entonces lo que pasaría es que ya no habría motivo para la envidia pues la desigualdad de habría atenuado lo suficiente ni nadie ya tendría miedo de no tener los recursos adecuados para poder atender a sus necesidades ni a sus obligaciones para asegurar la "conservación de la especie". Y, entonces, ¿qué pasaría? ¿qué pasaría si fuésemos felices? Pues, parece obvio que lo que pasaría es que la marcha del comercio se ralentizaría, la economía se iría poco a poco estancando para respiro de la Madre Tierra y nos convertiríamos en "pasivas -aunque felices- bestezuelas", por usar las palabras de Pla. Es eso lo que predijo Keynes que pasaría en tiempos de sus nietos en aquella conferencia que dio en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1933 que luego apareció como el artículo más extraño que se puede esperar en un economista titulado Las posibilidades económicas de nuestros nietos, que abogaba por el esperado y deseado final del problema económico, o sea, la insuficiencia de recursos y medios, y con él el final de la envidia, la avaricia, el desenfrenado amor por el dinero...y también, en consecuencia, de la Economía en sí si se la entiende como el estudio de la mejor manera de resolver ese "problema económico" que quedaría reducida a una técnica similar a lo que era la Odontología en sus tiempos.
Así que ¡tenga cuidado el lector con lo que desea! pues desear la felicidad, así para todos, como lo hacemos estos días, implica desear el final de la economía de mercado capitalista. ¿Lo había pensado? ...Y, a menos que sea un radical, ¡cuidado con lo que se va deseando por ahí, no sea que los deseos se hagan realidad!