Últimamente muchos hablan de la burbuja de la IA y la comparan con la de las ".com" de hace un cuarto de siglo. Tiene sentido ya que es una tecnología nueva que exige mucha inversión pero no queda claro cómo monetizarla y, de hecho, ya ha ocurrido en el pasado, con la aparición de la electricidad y con el ferrocarril. Hoy son un gran éxito, símbolo de la modernidad, pero en sus comienzos el enorme gasto de los pioneros provocó muchas quiebras y crisis económicas derivadas de tantos colapsos. De hecho, sería un hecho inaudito en la Historia que la IA triunfe sin antes no provocar muchos problemas financieros en muchas cotizadas.
Por eso creo que viene a cuento recordar que durante la década de 1840, el Reino Unido vivió uno de los episodios más espectaculares de euforia especulativa de la historia moderna: la conocida como Railway Mania (Manía Ferroviaria). Entre 1844 y 1849, miles de británicos de todas las clases sociales invirtieron fortunas —y a menudo sus ahorros de toda la vida— en proyectos de ferrocarriles que prometían revolucionar el transporte y multiplicar el dinero de los accionistas. Lo que empezó como una fiebre legítima por la nueva tecnología terminó convirtiéndose en la primera gran burbuja bursátil moderna, con consecuencias devastadoras para decenas de miles de inversores.
Por eso creo que viene a cuento recordar que durante la década de 1840, el Reino Unido vivió uno de los episodios más espectaculares de euforia especulativa de la historia moderna: la conocida como Railway Mania (Manía Ferroviaria). Entre 1844 y 1849, miles de británicos de todas las clases sociales invirtieron fortunas —y a menudo sus ahorros de toda la vida— en proyectos de ferrocarriles que prometían revolucionar el transporte y multiplicar el dinero de los accionistas. Lo que empezó como una fiebre legítima por la nueva tecnología terminó convirtiéndose en la primera gran burbuja bursátil moderna, con consecuencias devastadoras para decenas de miles de inversores.
El ferrocarril como revolución tecnológica
A principios del siglo XIX, el transporte británico dependía casi exclusivamente de canales, carruajes y barcos de vapor costeros. La inauguración en 1830 de la línea Liverpool-Manchester (la primera ferrovía interurbana de pasajeros del mundo) demostró que los trenes eran más rápidos, baratos y fiables que cualquier alternativa. Los beneficios de las primeras compañías ferroviarias (como la London & Birmingham o la Great Western) fueron espectaculares: dividendos del 10 % o más eran habituales.
George Hudson, apodado “el Rey del Ferrocarril”, se convirtió en el símbolo de la época. Este empresario de origen humilde llegó a presidir simultáneamente más de 1.600 km de líneas y era tratado como una celebridad nacional.
La explosión especulativa (1844-1847)
En 1844 se produjo el detonante: el Parlamento aprobó la Railway Act que facilitaba la creación de nuevas compañías y obligaba a publicar prospectos. De repente, cualquiera podía promover un ferrocarril. Los números fueron asombrosos:
- En 1844 se presentaron al Parlamento 248 proyectos de nuevas líneas.
- En 1845 la cifra subió a 1.263 proyectos, que requerían un capital conjunto de más de 700 millones de libras (equivalente a unos 80.000-100.000 millones de libras actuales).
- Entre 1844 y 1846 se constituyeron más de 1.200 compañías ferroviarias.
- Se llegó a anunciar líneas tan absurdas como un ferrocarril directo de Londres a Edimburgo en línea recta (ignorando valles, montañas y ciudades) o incluso un “ferrocarril atmosférico” que nunca funcionó.
La prensa avivaba el fuego. Periódicos como The Times o The Railway Times publicaban listas diarias de nuevas emisiones. Se hablaba del “efecto multiplicador” del ferrocarril: cada libra invertida generaría empleo, comercio y riqueza infinita.
Muchas compañías ni siquiera necesitaban tener trazado, ingenieros o terrenos: bastaba con depositar un 5-10 % del capital suscrito y lanzar las acciones al mercado. Los promotores (llamados “stags”) compraban barato y vendían en cuanto subía la cotización, embolsándose fortunas sin poner un solo raíl.
¿A que suena a algo reciente?
El colapso (1847-1849)
El principio del fin llegó en 1847, cuando el Banco de Inglaterra subió los tipos de interés para frenar la inflación y proteger las reservas de oro. Al mismo tiempo:
- Muchas compañías hicieron “calls” (exigieron el pago del capital pendiente a los accionistas).
- Los inversores, que habían comprado acciones con préstamos o hipotecando sus casas, no pudieron hacer frente a los pagos.
- Miles de proyectos resultaron inviables o directamente fraudulentos.
El pánico fue masivo:
- Entre 1847 y 1849 quebraron o se fusionaron centenares de compañías.
- Acciones que habían llegado a cotizar a 500-600 % de prima cayeron a cero.
- Se calcula que se perdieron entre 300 y 500 millones de libras de la época (cifras equivalentes a varios puntos del PIB británico).
El propio George Hudson cayó en desgracia en 1849 al descubrirse que había pagado dividendos ficticios con capital fresco y manipulado cuentas. Terminó sus días arruinado y olvidado.
Consecuencias a largo plazo
Paradójicamente, la Railway Mania dejó una herencia positiva:
- Aunque la mitad de los proyectos aprobados nunca se construyeron, el Reino Unido acabó la década de 1850 con una red ferroviaria de más de 10.000 km (casi el doble que en 1844).
- La burbuja aceleró la consolidación del sector: de las más de 1.200 compañías originales quedaron apenas unas pocas decenas grandes y viables.
- Sirvió de lección: el Parlamento endureció las leyes de sociedades anónimas y se creó el precedente de la intervención estatal en grandes proyectos de infraestructura.
Lecciones de la Railway Mania
La Manía Ferroviaria es considerada la primera gran burbuja especulativa de la era industrial y comparte rasgos con episodios posteriores (ya se habló mucho de ella cuando la burbuja puntocom de 1999-2000)):
- Tecnología disruptiva real que genera euforia desmedida.
- Fácil acceso al crédito y a la inversión minorista.
- Promotores que se enriquecen con la especulación, no con la explotación real del negocio.
- Narrativas de “esta vez es diferente”.
Charles Mackay, en su clásico Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds (1841, ampliado en 1852), dedicó un capítulo entero a la Railway Mania con la frase que resume perfectamente el fenómeno:
“Los hombres, se ha dicho con acierto, piensan en rebaño; veremos que también enloquecen en rebaño, aunque solo recobran la cordura lentamente y de uno en uno.”
Casi dos siglos después, la Railway Mania sigue siendo una advertencia vigente: cuando todo el mundo habla de la misma inversión “infalible”, suele ser el momento exacto de empezar a preocuparse.